"El eco del metal": un cuento sobre el duelo, la infancia y el niño que fuimos

" El eco del metal" @ 2026 Juan Carlos Rodríguez Soriano


Soy Juan Carlos Rodríguez Soriano, y quiero contarte por qué escribí "El eco del metal" y qué significa para mí.

Cuando vi las bases del Concurso Internacional de Cuento: Duelo y Pérdida, supe que tenía que escribir. No por el premio, sino porque el tema me clavó directamente en el pecho. Hablaban de transformar la ausencia, la memoria y el deseo de vida en palabras que conmuevan y permanezcan. Y yo tenía una ausencia que llevaba décadas arrastrando sin saber cómo nombrarla.

No era la muerte de un ser querido. Era la pérdida de mí mismo.

Porque yo tuve un caballito de madera. No uno cualquiera: era mío, real, con la pintura desconchada y la crin de cuerda que siempre se me enredaba entre los dedos. En él me balanceaba en el pasillo de mi casa, en aquellos años en que el mundo olía a tabaco, a agua estancada y a derrota. El caballito no me llevaba a ninguna parte, pero su crujido era el único sonido que me decía que aún me movía, que aún estaba vivo.

Ese caballito fue mi refugio, mi nave, mi manera de habitar un mundo que no entendía. Pero, cuando crecí, lo enterré. Lo enterré bajo una armadura de éxito, de orden, de control. Juré que no sería como mi padre, que no permitiría que el dinero se me escapara entre los dedos, que mis hijos no pasarían hambre. Y cumplí mi promesa. Pero, en el camino, me olvidé de balancearme.

El tema central

"El eco del metal" nació de esa pregunta que me hice al mirar atrás: ¿qué hacemos con el duelo por el niño que no llegamos a ser? Porque no solo lloramos a los muertos. También lloramos al que sacrificamos en el altar de la supervivencia. Lloramos la ternura que cambiamos por eficiencia, la vulnerabilidad que sustituimos por rigidez.

Esa es la pérdida invisible, la que no tiene velatorio ni esquelas, pero que pesa como un lingote de plomo en el fondo del pecho. Y el concurso me dio el pretexto para enfrentarme a ella.

El relato no habla de un hombre que vacía un trastero: habla de un hombre que se atreve a abrir la caja donde guardó su propia alma y a sostener una conversación con el niño que fue. El duelo, en mi cuento, no es solo el de una infancia difícil. Es el duelo por los abrazos que no dimos, por los proyectos que nunca llegaron a realizarse, por la familia que construimos desde el miedo en lugar de hacerlo desde el amor.

Es, en el fondo, la historia de cualquiera que haya mirado atrás y se haya preguntado: "¿Cuándo dejé de balancearme?".

Sinopsis

Carlos, un hombre de mediana edad, encuentra una vieja fotografía en la que aparece montado en su caballito de madera. Lo que parece un simple recuerdo se convierte en un diálogo desgarrador con la voz de aquel niño, que le reprocha haberlo enterrado vivo en nombre de la seguridad y la estabilidad. El crujido del caballo, el olor a derrota de la casa de sus padres, el juramento que hizo a los catorce años, el intento de suicidio en su despacho blanco... todo confluye en una tarde en la que Carlos deberá decidir si sigue siendo el Hombre de Hierro o se atreve, por fin, a doblarse.

La escritura

Quise que el relato no tuviera ni un gramo de autoayuda. Nada de moralejas ni de frases bonitas que suenen a postal. Por eso aposté por la escena, por los olores, por las texturas. Quería que el lector sintiera el polvo, oyera el agua atascada del fregadero y el crujido de la madera. Porque el dolor no se explica: se muestra. Y el perdón, el verdadero, no llega con un eslogan, sino con un gesto tan pequeño como dejar un grano de arroz caído sobre el mantel.

También quise que el final no fuera un cierre perfecto, sino una grieta por donde pudiera entrar la luz. La transformación de Carlos no es un trueno, es un susurro: el hijo que le enseña un vídeo de parkour, la mano de Elena sobre la mesa, la decisión de grabar el ruido del caballo en un audio de móvil. Son pequeñas rendiciones, pero son las únicas que merecen la pena.

Dónde leerlo

Si después de todo esto sientes curiosidad, si alguna vez has mirado al espejo y no has reconocido al que fuiste, si en algún momento has deseado volver a oír el crujido de tu propia madera, te invito a leer el relato completo. Está en el enlace de abajo. Son apenas unas dos mil palabras. Dos mil palabras que quizá te devuelvan algo que creías perdido.

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Escribí este cuento para reconciliarme con mi propio niño del caballito. Para recordarme que la vida no es un objetivo que se conquista, sino un territorio que se habita con sus grietas y sus caballos rotos. El concurso me dio el empujón, pero la historia ya estaba dentro de mí, esperando su momento.

Si al leerlo consigo que alguien se detenga un instante, que se pregunte qué guardó en su propio trastero, habrá valido la pena.

Gracias por llegar hasta aquí. Y, si te animas a leerlo, espero que el crujido de la madera vieja te acompañe un rato.

@ 2026 Juan Carlos Rodríguez Soriano

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