Relato: Lo que la pastilla no borra


Relato: Lo que la pastilla no borra

Este relato lo acabo de escribir para la convocatoria internacional de Palabra Herida, una editorial que apuesta por el cuento psicológico como territorio de exploración humana. Participa junto a otras voces en un certamen que busca historias capaces de mirar hacia adentro sin parpadear.

Lo publico aquí, íntegro, para que mis lectores puedan adentrarse en él antes de que forme parte de la antología. Porque un relato, antes de ser libro, es un encuentro. Y este encuentro empieza ahora.

Hay un momento exacto, cada mañana, en que la mano se detiene sobre el blíster. La burbuja de aluminio está ahí, intacta, esperando ser perforada. El comprimido blanco, pequeño, inofensivo. La promesa de un día sin vértigo, sin el nudo en el pecho, sin la voz que susurra desde el fondo de la cama.

Pero la voz no se va. Solo cambia de idioma.

La vortioxetina, el principio activo del Brintellix, tiene un efecto secundario que los prospectos describen como "sueños anormales". Una palabra clínica para un fenómeno que desborda cualquier categoría médica. No son sueños. Son excavaciones. Túneles que se abren cada noche hacia un subsuelo que la pastilla intenta cegar. Y lo peor no es soñar. Lo peor es despertar y encontrar pruebas de que el sueño ocurrió en algún lugar que no debería existir.

Un rasguño en la mano. Tierra bajo las uñas. Una palabra escrita en el brazo con una caligrafía que no es la propia.

Este relato no es una advertencia contra la medicación. Es una inmersión en la grieta que se abre cuando la química y la memoria deciden no colaborar. Cuando el espejo devuelve una imagen que sonríe sin permiso. Cuando la pastilla no borra, sino que entierra. Y lo enterrado siempre vuelve, aunque sea en sueños.


Sinopsis

Un hombre toma

a diario para contener la ansiedad. La pastilla le devuelve la estabilidad, pero a cambio le entrega sueños tan vívidos que la vigilia empieza a parecerle el sueño. En ellos, una voz lo llama desde un sótano de tierra mojada, una voz que le recuerda algo que él ha decidido olvidar.

Una mañana, los sueños dejan marcas físicas. Decide escribir "DESPIERTO" en su brazo para distinguir la realidad de la ficción. Pero la otra versión de sí mismo, la que habita en la oscuridad, escribe su propia respuesta. Y entonces el espejo deja de ser un reflejo para convertirse en una puerta.

Entre el comprimido diario y la duda permanente, el protagonista se enfrenta a una pregunta que no admite respuesta: ¿está curando su mente o está enterrando a la persona que fue?


Lee el relato completo aquí:

➡️ [Lo que la pastilla no borra]

La salud mental no es una línea recta. Es un archipiélago de islas que a veces se comunican y a veces se ocultan bajo la niebla. La química puede tender puentes, pero también puede levantar muros. Lo que queda del otro lado no desaparece. Solo espera.

Este relato no juzga. No prescribe. No consuela. Solo muestra lo que ocurre cuando alguien se asoma al borde de su propia medicación y descubre que, al otro lado, hay alguien que lleva mucho tiempo mirando hacia el mismo espejo.

La pregunta, al final, no es si la pastilla funciona. La pregunta es quién está tomando la pastilla. Y quién, en realidad, está siendo tomado.

"Y cada noche, cuando perforo el blíster y el comprimido se deshace en mi lengua, cierro los ojos sin saber si despertaré en mi cama o en el sótano de tierra mojada. Pero sigo tomándolo. Y sigo soñando. Porque tal vez el cuento no lo escribí yo. Tal vez el cuento me escribe a mí, y yo solo soy el sueño de alguien que aún no ha despertado."

@ 2026 Juan Carlos Rodríguez Soriano

Comentarios

Entradas populares de este blog

"El eco del metal": un cuento sobre el duelo, la infancia y el niño que fuimos

Alcorcón: crónicas de barro y fuego — la historia de nuestro pueblo al alcance de todos