JUAN CARLOS RODRÍGUEZ SORIANO - ANTOLOGÍA POETICA


 

BIOGRAFÍA

Juan Carlos Rodríguez Soriano (Madrid, 1968) reside en Alcorcón.

Su dedicación a la escritura discurre en paralelo a su actividad profesional en el sector técnico y de servicios, una dualidad que no aparece en sus versos pero que contextualiza su mirada sobre el paso del tiempo y las rutinas domésticas.

Su primer poemario, Sintiéndote, poemas desnudando el alma (2023), nace durante el confinamiento de 2020 y recoge una exploración de la vulnerabilidad y el aislamiento desde una perspectiva confesional.

Dos años después publica Rumores del silencio: versos del alma (2026), obra en la que la culpa, la ausencia y la búsqueda del perdón se convierten en los pilares de una poética más depurada y meditativa.

Su tercer libro, Manual de pérdidas (y otros inventarios de lo que ya no duele), reúne trece textos —relatos y ensayos— en los que el autor hace inventario de aquello que, tras ser perdido, deja de doler.

En el terreno de la narrativa breve y el ensayo, ha publicado los relatos El eco del metal, El umbral del rubí y El Último Vaso: Poesía sobre la Vida Mal Vivida, así como los ensayos Cuando los personajes se sientan en tu sillón y Alcorcón, crónicas de barro y fuego, este último un homenaje a la memoria histórica de su ciudad natal.

Su obra ha recibido reconocimiento en certámenes literarios y ha sido difundida a través de plataformas digitales, donde ha encontrado un público que sigue con atención su evolución poética.

ANTOLOGÍA POÉTICA

1. El peso de la ausencia

Cuando la casa se queda sin voces, el pasillo se alarga.

Una mano presiona el esternón y la silla sigue en su sitio,

con la huella del cuerpo que ya no vuelve,

como un molde vacío.

Andamos pisando los nombres de los que se fueron sobre el suelo astillado,

y la madera cruje: ellos responden desde el otro lado de la luz,

pero no los entiendo.

2. El último vaso

Bebo por los que faltan en la mesa,

por las deudas del alma, que no saldan,

y por los perdones a medias en el cajón de los asuntos.

El fondo del vidrio solo devuelve un rostro

que pregunta si el amor se mide en culpas.

El tiempo se enreda en las cortinas del salón,

y uno brinda, aunque no haya nadie,

porque brindar es un acto de terquedad contra la garganta seca.

3. Armadura de cartón

Con cromos de infancia,

con la crin de un caballo de madera y canicas en el bolsillo,

me hice una coraza.

El viento del sur despega las esquinas,

ablanda la cola del recuerdo.

Frente al espejo del recibidor,

sin protección,

vi al niño que fui mirándome desde el fondo del cristal,

y me preguntó por qué dejé de creer en los héroes de tebeo

para quedarme con esta sombra.

4. Desnudar el alma

Sentarse en el borde de la cama

y contar las cicatrices del costado.

Abrir el armario: caen zapatos viejos,

abrigos que no sirven, cartas sin respuesta.

Asumir que el miedo se ha instalado en la cocina,

que se sienta a tu lado cuando el agua hierve para el té.

Y aun así, lo hacemos.

Sin más.

5. El mapa del silencio

Trazo un país sin calles,

de laberintos de pecho y recovecos de conciencia.

Allí donde el mundo no llega habita una verdad sin testigos.

Dibujo sus curvas a oscuras con la punta de los dedos,

con el temblor de quien sabe que no volverá a salir de él.

Nadie más traza este plano.

6. Rumores

En la penumbra del dormitorio,

el ventilador no disipa las voces.

No son fantasmas: son ecos de lo que callamos

cuando el día tenía luz.

Se cuelan por debajo de la puerta,

se posan en la almohada,

susurran los nombres que guardamos en la garganta.

La noche es hostil,

y es el único momento en que el corazón se atreve a hablar sin filtro.

7. El viaje interior

El encierro fue un espejo.

Las horas muertas,

entre el sofá y la estantería,

se convirtieron en un viaje sin billete hacia el centro.

Allí encontré al muchacho escondido

tras la máscara del que todo lo soporta,

ese que lloraba sin motivo y escribía versos en los márgenes.

El mundo se detuvo, el corazón no,

y en esa pausa aprendí que el alma se desentierra,

como una raíz que aún duele.

8. El eco del metal

El eco del metal viene desde lejos,

desde la fábrica de juguetes,

desde las vías del tren de cuerda que hacía girar en la alfombra.

Pero lo mío era barro, no acero;

barro de las fuentes del parque,

barro de los días lluviosos en que el cielo se volvía de plata.

El barro se agrieta, se seca, se deshace,

y solo permanecen aquellas manos pequeñas

moldeando un mundo que ya no existe.

Solo las manos.

9. La madrugada

Llega sin avisar,

se cuela por la rendija de la ventana

con el frío de los días que no volverán.

No hay ruidos,

solo el latido que se acelera cuando la oscuridad

pesa más que la certeza.

En esta hora de los muertos,

uno se pregunta por tanto desvelo,

tanto amor malgastado.

La respuesta no está en el cielo: está en la taza de café que se enfría,

en la mano que tiembla al escribir.

10. El perdón que debemos

Pedir perdón por el tiempo perdido,

por los besos que no dimos,

por los abrazos en suspenso.

Perdonarnos por no haber sido aquellos niños

que miraban el horizonte desde la azotea de los abuelos,

sin saber que el horizonte, a veces,

se tiñe de ceniza.

El perdón no es un milagro,

es una tregua: un alto en el fuego de los reproches.

Nada más.






© 2026 Juan Carlos Rodríguez Soriano

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