Traducción fallida del insomnio – Participación en Revista Mariné #5

He preparado este ensayo poético para participar en la sección Cuerpos de Texto de la Revista Mariné, una convocatoria abierta a narrativa, poesía y escrituras híbridas que buscan producir una experiencia más que explicar algo. 

Traducción fallida del insomnio es un ensayo poético que nace de una pregunta tan sencilla como inabordable: ¿Cómo se dice lo que no se puede decir? ¿Cómo se traduce al lenguaje de todos los días eso que solo se siente en la intimidad de una madrugada sin sueño, cuando el cuerpo pesa y la cabeza no para?

El texto se presenta como el cuaderno de bitácora de una noche de insomnio. Todo comienza con un poema que el narrador encuentra en la pantalla del móvil a las tres de la madrugada. Un poema escrito en una lengua que parece español pero no lo es del todo: usa palabras que no están en el diccionario, como nóque, o que suenan a otra época, como vera o estor. Ese poema, breve y extraño, habla del desvelo, de una mano que tiembla, de la luz de una farola que parpadea.

El narrador, movido por ese impulso de ordenar las cosas que todos tenemos, decide traducirlo. Lo pasa al español correcto, al que se enseña en los libros, al que no tiene palabras inventadas ni rarezas. Y el resultado es un fracaso: la traducción queda bonita, sí, pero falsa. Vacía. Ha perdido todo lo que hacía que el poema original le hablara.

Entonces empieza lo interesante. El narrador desmonta su propia traducción en unas notas al pie que son, en realidad, el verdadero ensayo. Nota tras nota, va reconociendo sus errores: cambió riega por derrama y perdió la constancia del gesto; cambió moscardón por zumbido y perdió la torpeza corpórea del insecto; cambió falso techo por cielorraso y perdió la humedad de la escayola, las polillas, los silencios acumulados. Y en ese desmontaje, lo que empieza siendo un ejercicio de traducción se convierte en otra cosa: una confesión. Porque cada palabra mal traducida esconde una verdad que no se atrevía a decir. La mano que tiembla no es metáfora: es la mano que no acierta a borrar un mensaje no enviado. La luz quemada es la de la calle de siempre, la que parpadea cada noche. Regar un geranio a las tres de la madrugada es una excusa para no pensar en un nombre.

El ensayo no busca una traducción definitiva. De hecho, termina reconociendo que no hay poema, que solo hay una pantalla brillando en la oscuridad, y que ese fracaso es el único verso verdadero. Es una reflexión sobre los límites del lenguaje, sobre lo que se pierde cuando intentamos poner en orden lo que es desorden, y también una exploración de la belleza que habita en ese fracaso: la de seguir escribiendo aunque las palabras no lleguen, la de seguir buscando aunque no se encuentre, la de seguir nombrando aunque todo se escape.

Está escrito en un tono que huye del academicismo y se acerca a la confidencia. No hay teoría literaria ni citas de autores consagrados. Hay, en cambio, el registro honesto de alguien que escribe para entenderse, y que comparte ese proceso sin postureos. La estructura –poema, traducción, notas al pie– invita a leerlo como quien hojea un diario, donde cada anotación va desvelando un poco más de lo que la noche esconde.


¿Por qué lo he escrito?

Porque creo que la escritura es una forma de habitar el mundo, de ordenar el desorden interior, de dar nombre a lo que aún no lo tiene. Porque hay preguntas que solo encuentran respuesta en el acto de escribirlas, y porque compartir ese proceso es también una forma de encuentro con quienes leen.

Este ensayo nace de la necesidad de explorar el límite entre lo que se dice y lo que se calla, entre lo que se traduce y lo que se pierde. Y lo he hecho con la honestidad de quien escribe para compartir, no para quedar bien.

Si algo he aprendido es que la poesía no está en las grandes metáforas, sino en los gestos pequeños: el ruido de un moscardón contra el cristal a las cuatro de la madrugada, la luz de una farola que parpadea, la mano que tiembla al borrar un mensaje no enviado. Y en el acto de seguir escribiendo, aunque nadie lo lea.


¿Por qué leerlo?

Porque es un ensayo que no se toma en serio a sí mismo, pero se toma en serio la pregunta que lo origina. Porque habla de insomnio, de traducción y de fracaso, pero también de ternura, de memoria y de los gestos pequeños que sostienen las noches. Porque está escrito desde la honestidad, no desde la cátedra. Porque, al final, todos tenemos un poema que no sabemos traducir, y este ensayo nos recuerda que quizá no hace falta.

He subido el ensayo completo para quien quiera leerlo. Está en formato PDF, tal como lo envié a la revista.

(Puedes descargarlo pinchando aquí )


Ahí lo tienes. Si te animas a abrirlo, te espera una noche de insomnio, una mano que tiembla, un geranio regado a las tres de la madrugada y un poema que no se deja traducir. No prometo respuestas. Prometo, eso sí, la compañía de alguien que también se ha preguntado cómo decir lo que no tiene nombre.

Que lo disfrutes.

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