Cartas al margen: Cuando la sed no se finge
Hay momentos en los que el silencio del hogar no se siente como un vacío, sino como un suave eco. Uno se detiene un instante, con la taza aún tibia entre los dedos, y deja que el pensamiento ruede libremente, sacudiéndose el peso de la rutina. Es precisamente en esa quietud, cuando el bullicio exterior se apaga, donde las palabras adquieren otra consistencia. A veces, cruzando la pantalla en medio de esa calma, aparece un fragmento que parece escrito a la medida de lo que uno calla. Esas frases que viajan de un lado a otro sin dueño aparente: «Llámame cuando quieras, cuando te apetezca. Pero no como alguien que se siente obligado a hacerlo, esto no sería bueno ni para ti ni para mí. A veces me pongo a imaginar lo maravilloso que sería que me llamaras sólo porque sí. Simplemente como alguien que tenía sed y fue a beber un vaso de agua. Pero ya sé que sería pedir demasiado. Conmigo nunca tendrás que fingir una sed que no sientes.» Al leer estas líneas, los inevitables ruidos de la cabeza...