Cartas al margen: Cuando la sed no se finge


Hay momentos en los que el silencio del hogar no se siente como un vacío, sino como un suave eco. Uno se detiene un instante, con la taza aún tibia entre los dedos, y deja que el pensamiento ruede libremente, sacudiéndose el peso de la rutina. Es precisamente en esa quietud, cuando el bullicio exterior se apaga, donde las palabras adquieren otra consistencia.

A veces, cruzando la pantalla en medio de esa calma, aparece un fragmento que parece escrito a la medida de lo que uno calla. Esas frases que viajan de un lado a otro sin dueño aparente:

«Llámame cuando quieras, cuando te apetezca. Pero no como alguien que se siente obligado a hacerlo, esto no sería bueno ni para ti ni para mí. A veces me pongo a imaginar lo maravilloso que sería que me llamaras sólo porque sí. Simplemente como alguien que tenía sed y fue a beber un vaso de agua. Pero ya sé que sería pedir demasiado. Conmigo nunca tendrás que fingir una sed que no sientes.»

Al leer estas líneas, los inevitables ruidos de la cabeza se encienden de inmediato.

Funciona como un resorte invisible que remueve las corrientes profundas del día a día. La mente empieza a dar vueltas, calculando cuántas veces hemos fingido apetencia o interés solo por el pánico a cruzar el desierto del silencio con los demás. Nos pesa el vacío ajeno, y solemos intentar parcharlo con palabras huecas.

Durante años, internet ha intentado colgarle este texto a José Saramago, buscando tal vez una firma de prestigio que certifique lo que el pecho apenas intuye a ras de suelo. Necesitamos que las ideas carguen con un membrete oficial para darles valor.

Sin embargo, la autoría real importa bien poco cuando el mensaje ya ha despegado por su cuenta. Lo verdaderamente cautivador es el trasfondo humano: de qué manera una frase anónima nacida en la red logra remover las capas más íntimas de nuestra identidad y nos obliga a mirarnos sin caretas.

Filosofar sobre la propia intemperie

Reflexionar sobre esto implica admitir, sin dramatismo pero con total franqueza, que habitamos nuestra propia intemperie. Buscamos de forma incansable la autenticidad. Añoramos un espacio donde los vínculos no arrastren facturas ocultas ni peajes emocionales. Pretendemos que nos busquen por el simple y hermoso impulso de la vida; tal como alguien camina hacia un manantial porque la garganta se lo reclama, sin más artificios que la necesidad del agua.

Aun así, la realidad punza al detenernos frente al espejo propio. Al recordar las ocasiones en las que hemos actuado igual: cuando disfrazamos la distancia de cortesía, las llamadas mecánicas por compromiso o las presencias sostenidas por pura inercia. Duele admitir el eco de habitar al otro lado de esa sed simulada.

De ahí surge la escritura. De ahí que busque refugio una y otra vez en este rincón de la Bitácora del Alma. Para apaciguar el ruido mental, filtrar el eco falso de la voz sincera y aprender a convivir con los silencios.

Al final, da igual quién tecleara esto por primera vez en la red. Lo relevante es que frena el tiempo, ordena el caos interno y nos recuerda que, en medio de tanta prisa vacía, lo único sagrado es la verdad de un vínculo que nace de la pura y simple gana.

Juan Carlos Rodríguez Soriano

Escritor, poeta y autor de Bitácora del Alma

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© 2026 Juan Carlos Rodríguez Soriano

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