La poesía como territorio del deseo

 


Una mirada al erotismo desde la escritura y la experiencia

Por Juan Carlos Rodríguez Soriano

Siempre he pensado que la poesía es, ante todo, un acto de valentía. No porque requiera habilidades especiales o un dominio técnico fuera de lo común, sino porque exige mirar hacia dentro y contar lo que se encuentra allí, sin filtros ni concesiones. Y si hay un territorio interior que resulta especialmente incómodo de explorar, ese es, sin duda, el del deseo.

Hace unos días, mientras ojeaba convocatorias literarias, me crucé con una que me hizo detenerme. Un concurso internacional de poesía erótica organizado por Prosa Cuántica. Al principio, lo archivé mentalmente como uno más. Pero algo en mí se negó a seguir de largo. Quizá era la necesidad de enfrentarme a un género que siempre había considerado esquivo. Quizá era la intuición de que, en el fondo, había estado escribiendo sobre el deseo sin atreverme a nombrarlo. O quizá era simplemente el momento adecuado para asomarme a esa ventana.

Las bases eran claras: dos poemas, un máximo de cincuenta versos cada uno, temática libre dentro del erotismo. Y un premio simbólico, sí, pero también la posibilidad de ver publicados los versos en un libro físico. Nada espectacular, pero suficiente para encender la chispa de la curiosidad.

Lo que realmente me atrapó, sin embargo, fue la invitación implícita a explorar el cuerpo como territorio poético, a hablar de la piel como memoria, a celebrar la conexión entre lo físico y lo emocional. Porque el erotismo, bien entendido, no es un asunto de escenas explícitas o de descripciones crudas. Es una cuestión de atmósfera. De lo que se insinúa y no se muestra. De lo que se siente y no se dice. De la tensión que se acumula en el espacio entre dos personas que se desean.


Cuerpo y palabra: un diálogo antiguo

Llevo años escribiendo sobre el cuerpo. No desde la anatomía ni desde la fisiología, sino desde la experiencia vivida, desde la emoción que lo atraviesa y lo transforma. Para mí, el cuerpo es un mapa que se recorre con la memoria, con la mirada, con el tacto que persiste incluso cuando la distancia es grande. Cada cicatriz, cada curva, cada pliegue guarda una historia que las palabras, a veces, apenas logran alcanzar.

En mis libros anteriores —Sintiéndote, Rumores del silencio, Manual de pérdidas— ya había abordado el cuerpo desde distintas perspectivas: la memoria, el duelo, la esperanza. Pero siempre con un cierto pudor, con una distancia que ahora, al mirar atrás, me parece un mecanismo de defensa. Porque hablar del cuerpo es fácil cuando se habla de lo que duele. Es más difícil cuando se habla de lo que desea.

El erotismo, descubrí al escribir estos poemas, no empieza en la cama. Empieza en la mirada que se prolonga un segundo de más. En la mano que roza sin intención aparente. En el silencio que se llena de significado. Esa tensión, esa promesa, esa casi-caricia que nunca llega del todo, es el verdadero escenario del deseo.


El deseo como pregunta

Una de las cosas que más me ha enseñado la poesía erótica es que el deseo no es una respuesta. Es una pregunta. Y como toda pregunta auténtica, no busca cerrarse, sino abrirse. Expandirse. Habitar el misterio sin pretender resolverlo.

¿Qué es lo que nos mueve a desear? ¿Por qué ciertas miradas nos desarman? ¿Qué ocurre en ese instante en que el cuerpo reconoce a otro cuerpo antes de que la mente haya tenido tiempo de intervenir? No tengo respuestas definitivas para estas preguntas. Pero la poesía, afortunadamente, no exige respuestas. Exige, más bien, la disposición a permanecer en la pregunta. A dejarse llevar por ella. A escribir desde ella sin pretender dominarla.

El erotismo, como la poesía, no se explica. Se experimenta. No se analiza. Se siente. Y quizá por eso ambos territorios se encuentran tan a menudo: porque ambos nos invitan a salir del pensamiento y entrar en la experiencia. A dejar de lado las categorías y sumergirnos en lo que ocurre.


POEMA I
Dibujo tu desnudo con la boca


I
Empiezo por tu nuca, que es donde el deseo se esconde.
Mi lengua traza un camino que ya conozco de memoria:
baja por tu columna, vértebra a vértebra,
y tú te arqueas antes de que te toque.

II
Ya sé que vas a gemir cuando muerda tu hombro.
Lo sé por cómo tu respiración cambia de ritmo,
por cómo tus dedos se enredan en mi pelo
y tiran, como si quisieras detenerme
cuando lo que quieres es que no pare.

III
Todavía no he llegado a tu pecho
y tu corazón ya late contra mis labios.
La arena del tiempo se vuelve líquida
y no sé si han pasado segundos o siglos
desde que mi boca encontró la tuya.

IV
Tu piel tiene sabor a sal y a noche,
a promesa que se cumple sin necesidad de palabras.
Mis manos aprenden de nuevo tu geografía,
esa curva que nace en tu cadera y muere en tu muslo.
Y yo, mapa en mano, me pierdo a propósito.

V
Cuando mi boca llega a tu vientre,
tu cuerpo ya no es tuyo.
Es mío.
Es nuestro.
Es un territorio que se entrega
sin condiciones y sin fronteras.

VI
Y allí, en esa humedad que no necesita nombre,
te deshaces entre mis dedos
como la espuma que muere en la orilla
sabiendo que el mar volverá a traerla.

VII
Tus caderas se elevan, buscan más.
Tu mano aprieta mi nuca, no me dejas ir.
Y yo, que quería hacerlo lento,
me pierdo en el ritmo que tú marcas,
en esa urgencia que no admite espera.

VIII
El mundo se reduce a este instante,
a este roce,
a este latido que compartimos
y que se acelera hasta reventar.
No sé cuánto dura el vértigo.
Sé que cuando tu cuerpo se tensa,
cuando tu boca se ab

re y no sale nada,
cuando todo se detiene y al mismo tiempo explota,
entonces entiendo que el deseo
no se cuenta, se vive.


El lenguaje anterior a las palabras

Hay una verdad que la escritura de estos poemas me ha confirmado: el cuerpo habla un idioma que no necesita del lenguaje verbal para expresarse. Una cadera que se mueve con un ritmo determinado, una espalda que se arquea, unos dedos que se hunden en la piel, unos labios que se entreabren sin emitir sonido... todo eso conforma un sistema de comunicación más antiguo, más primitivo, más sincero que cualquier palabra.

He pensado mucho en esto mientras afinaba los versos. En cómo gran parte de lo que decimos es, en realidad, una forma de ocultarnos. De decir lo que conviene, no lo que sentimos. De protegernos tras el lenguaje. Pero el cuerpo, el cuerpo no sabe mentir. O, al menos, sabe hacerlo mucho peor. El cuerpo tiembla cuando algo lo conmueve. Se acelera cuando algo lo excita. Se tensa cuando algo lo amenaza. Y no puede disimularlo.

El segundo poema que he presentado al concurso, El idioma de tu piel, nace de esa convicción. No necesito que me hables —dice el poema— porque tu cuerpo ya me ha contado todo. Esa confianza en lo que se dice sin palabras es, para mí, la esencia del encuentro erótico verdadero. El momento en que dos personas se entienden más allá de las explicaciones, más allá de las máscaras, más allá de todo lo que no sea el diálogo desnudo de la piel.


POEMA II
El idioma de tu piel


I
No necesito que me hables.
Tu cadera ya me ha contado todo.
El modo en que se mueve cuando entro en ti
es una frase que no necesita traducción.

II
Tu espalda se curva y se ofrece.
Tus piernas se abren y se cierran
como un libro que he leído mil veces
y que siempre me devuelve un final distinto.

III
El sudor que corre entre tus omóplatos
escribe un poema que nadie más puede leer.
Yo soy el único que conoce ese alfabeto,
el único que descifra el temblor de tus dedos
cuando se clavan en mi espalda.

IV
Aquí no hay silencios incómodos.
Hay jadeos que se enredan,
hay gemidos que se buscan,
hay el ruido de dos cuerpos
que se dicen todo sin abrir la boca.

V
Te muerdo el cuello y tu grito es mi nombre.
Te agarro la cadera y tu cuerpo se entrega
con una violencia dulce,
con una urgencia que no admite pausas.

VI
No hay nada poético en esto.
O tal vez sí.
Tal vez la poesía más auténtica
sea la que escribe el roce de tu piel contra la mía,
la que nace del ritmo que inventamos juntos,
la que se deshace en un orgasmo
y vuelve a empezar.

VII
Tu boca busca la mía, pero no llega.
Mis dedos encuentran tu centro y ya no hay vuelta.
Tiemblas, te abres, me abrazas con las piernas.
Y cuando todo se precipita,
cuando el aire se vuelve carne,
cuando el sonido que sale de ti
no es una palabra sino un latido...

VIII
...entonces sé que el cuerpo tiene su propia lengua.
Y tú y yo,
aquí y ahora,
la hablamos mejor que nadie.


Escribir para nombrar lo innombrable

Hay algo profundamente liberador en la poesía erótica. Algo que tiene que ver con la posibilidad de nombrar aquello que la cultura, la educación, la moral o el miedo nos han enseñado a silenciar. Porque el deseo, en nuestra sociedad, sigue siendo un tema incómodo. Se habla de él en bromas, en susurros, en clave de humor o de escándalo. Pero rara vez se le da el espacio, la seriedad y el respeto que merece.

La poesía erótica, cuando es auténtica, rompe ese silencio. No lo hace desde la provocación gratuita ni desde el exhibicionismo, sino desde la honestidad de quien se atreve a decir: esto soy, esto siento, esto me mueve. Y al decirlo, transforma lo íntimo en compartido, lo privado en universal, lo vergonzante en bello.

En un mundo que convierte el sexo en mercancía y el cuerpo en objeto, la poesía erótica es un acto de resistencia. Recuerda que el deseo no es un producto, sino un encuentro. Que el placer no es un fin, sino un camino. Que el cuerpo no es un instrumento, sino un territorio sagrado donde habita la vida.


Por qué este concurso, por qué ahora

La decisión de participar en este certamen no fue casual. Llevaba tiempo sintiendo que mi escritura necesitaba un nuevo impulso, una dirección distinta. Algo que me sacara de la zona de confort y me obligara a escribir desde un lugar menos controlado, más visceral, más expuesto.

El concurso de Prosa Cuántica llegó en ese momento justo. No por el premio, aunque es un aliciente legítimo. Sino porque me ofrecía un marco, un pretexto, una excusa para hacer lo que ya sabía que necesitaba hacer: escribir sobre el deseo sin tapujos, sin autocensura, sin la distancia protectora que había mantenido hasta entonces.

No sé si mis poemas lograrán conmover a los jurados. No sé si el deseo que he intentado plasmar en ellos encontrará eco en quienes los lean. Pero sé que escribirlos me ha ayudado a entenderme un poco mejor. Y eso, para un escritor, es el mayor de los premios.


Una invitación a leer con el cuerpo

Si hay algo que me gustaría transmitir con estas reflexiones, es la importancia de leer la poesía erótica con todos los sentidos abiertos. No como quien lee un manual o un tratado, sino como quien se asoma a una ventana y deja que el aire le roce la piel.

El erotismo no está en lo que se dice, sino en lo que se siente. Y lo que se siente, cuando es verdadero, no necesita explicación. Solo necesita ser compartido.

Por eso te invito, si te animas, a detenerte un instante. A leer estos versos sin prisa. A dejar que las palabras te atraviesen y te transformen. Porque el deseo, cuando es sincero, no se queda en la página. Se instala en quien lee. Y algo, para siempre, cambia.

Gracias por leer. Gracias por estar aquí. Gracias por darle una oportunidad a esta historia que, en el fondo, es también la tuya.

Las palabras terminan donde acaba el texto. Las reflexiones, en cambio, suelen continuar mucho después, en silencio, acompañándonos en lugares que ni siquiera sabíamos que existían.

Juan Carlos Rodríguez Soriano
Escritor, poeta y autor de Bitácora del Alma

Técnico logístico de día. Poeta de noche. Escribo para que el silencio deje de ser vacío.


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© 2026 Juan Carlos Rodríguez S

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