El fuego que no se apaga en el alma. Lo que vi, lo que sentí, lo que no quiero olvidar

 

El fuego que no se apaga en el alma
El fuego que no se apaga en el alma

No sé muy bien por qué he decidido sentarme a escribir esto. Quizá porque el humo ha llegado hasta mi ventana, aunque esté a cientos de kilómetros. Quizá porque he visto esas caras en la televisión, las que miran hacia atrás mientras huyen, y he sentido que algo se rompía dentro de mí. O quizá, simplemente, porque escribir es mi manera de no huir.

Esto no es un artículo. Es un intento de entender.

Llevo días mirando los titulares. El incendio de Ávila ha quemado 50.000 hectáreas. El mayor de la historia de España. En Madrid, cuatro fuegos se han unido en uno solo: 45.000 hectáreas más. En Castellón, la Sierra de Espadán arde sin control. Más de 175.000 personas han sido damnificadas. 115.000 evacuadas o confinadas.

Pero las cifras no lloran. Las cifras no pierden su casa.

He estado leyendo los nombres de los pueblos evacuados: Chapinería, Navas del Rey, Burgohondo, Casavieja, Artana, Eslida... Nombres que ahora son sinónimo de desalojo. Me pregunto qué pasa por la cabeza de alguien cuando cierra la puerta de su casa sin saber si volverá a abrirla. El olor a quemado que no se va. El silencio de los pájaros que ya no cantan. La ausencia de sombras donde antes había árboles.

Hay una palabra que me ha perseguido estos días: solastalgia. No es nostalgia, es el dolor por lo que se pierde mientras uno sigue habitándolo. Volver a tu pueblo y encontrar ceniza donde había un bosque.

Y entonces llega la pregunta incómoda: ¿por qué?

Los expertos hablan de cambio climático, de una primavera lluviosa que hizo crecer la maleza y un verano extremo que la secó. Pero también hablan de dinero. De prevención. De recortes.

En 2025, el 78% de los recursos públicos destinados a la lucha contra incendios se gastó en extinción, frente a solo un 12% en prevención. Por cada euro invertido en prevención, se ahorran 100 euros en la factura de la extinción. Pero la prevención no da titulares. Apagar un incendio, en cambio, sí.

Y entonces vienen los políticos. Y se señalan unos a otros. Y cada uno dice que el otro no ha hecho lo suficiente. ¿De quién es la responsabilidad? De todos. Pero parece que es más fácil señalar que mirarse al espejo.

El día después también importa.

Cuando el fuego se apaga, las personas que lo perdieron todo se quedan solas con sus preguntas. ¿Qué pasa con esa madre que huyó con sus hijos y no sabe si su casa sigue en pie? ¿Qué pasa con ese agricultor que lo ha perdido todo y no tiene a quién reclamar?

Los seguros no cubren todo. El 20% de las viviendas no tiene seguro. Las ayudas llegan, pero no siempre a tiempo. Y la ayuda material no cura las heridas del alma.

Pero también hay gestos que merecen ser contados. Vecinos que abren sus casas a los evacuados. Bomberos que llevan días sin dormir. Voluntarios que reparten comida y agua. Esa es la España que no sale en los telediarios. La que no se echa la culpa, sino que echa una mano.

He pensado en una imagen. Un niño de siete años, de pie frente a lo que fue su casa. No llora. Solo mira. Y en su mano lleva un coche de juguete, el único objeto que ha podido salvar.

No sé si ese niño existe. Pero podría existir. Y eso es lo que duele.

Quizá, al final, lo único que podemos hacer es no olvidar. No olvidar las hectáreas quemadas, pero tampoco olvidar las vidas rotas. No olvidar a los bomberos que arriesgan su vida, pero tampoco olvidar a los políticos que no hicieron lo suficiente.

El fuego se apaga. Las cenizas tardan años en desaparecer. Pero el alma, cuando ha visto arder su hogar, nunca vuelve a ser la misma.


🌙 Bitácora del Alma

"El fuego quema lo que encuentra, pero el olvido quema lo que fuimos. No dejemos que las cenizas sean nuestro único testimonio."


Bitácora del Alma
Un refugio para las palabras.

Donde las palabras encuentran refugio y el silencio deja de ser vacío.


Juan Carlos Rodríguez Soriano
Bitácora del Alma

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